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Qué debería decir la placa de Carlos Beltrán en Cooperstown

La placa del puertorriqueño y de los otros exaltados ya está tallada. Pero te damos una idea de lo que podría decir.
Uno de los oficios más desafiantes del deporte, sin lugar a dudas, es el de redactor de las placas del Salón de la Fama del Béisbol.

El reto de estos héroes anónimos es condensar la carrera de leyendas de este deporte en un texto de entre 80 y 100 palabras, sin dejar fuera ninguno de los atributos que los llevaron a Cooperstown.

Jesús Adalberto ‘Chu’ García, un veterano mentor y periodista cubano-puertorriqueño, decía que escribir menos era mucho más difícil que escribir más, y que lo que se decía en mil palabras se podía decir en 100.

Con eso en mente, decidí hacer el ejercicio de aventurarme a hacer mi propia versión de cómo sería la placa de Carlos Beltrán, haciendo un máximo esfuerzo por cuidar las reglas del recinto de inmortales del beisbol.

Comienzo por las notas para la placa:

Anotó 1,582 carreras y remolcó 1,587. Esas estadísticas reflejan su éxito sostenido y cuentan mucho de lo que considero sus mejores atributos: un bateador oportuno con poder, promedio y uno de los más inteligentes corredores en las bases de su tiempo.

Terminó su carrera con 435 jonrones y 312 bases robadas. La combinación lo convierte en el octavo jugador en la historia que combina al menos 300 jonrones y 300 bases robadas, una lista que incluye a Barry Bonds, Willie Mays, Andre Dawson y Alex Rodríguez. El boricua es el primer bateador ambidextro en lograrlo.

Las 312 bases robadas no cuentan mucho de su eficiencia en este renglón. Lo hizo en 361 intentos, para 86.4 % de éxito. Este es el mejor porcentaje entre todos los jugadores de la historia con más de 300 intentos.

Nueve viajes al Juego de Estrellas, tres Guantes de Oro y dos Bates de Plata. No hay que agregar más.

Fue el Novato del Año de la Liga Americana en 1999, al batear para.293 con 22 jonrones 112 anotadas, 108 remolcadas y 27 bases robadas.

Fue uno de los mejores jugadores de la postemporada de tiempos recientes. En 65 partidos de playoffs, bateó .307, con 16 jonrones, 42 carreras remolcadas, 45 anotadas y una línea ofensiva impresionante de .412/.609/1.021

Su labor humanitaria fue galardonada con el Premio Roberto Clemente en 2013.

WAR de 70.0; 2,725 hits, 565 dobles, promedio de 279, OBP de .350, .486 de slugging, .837 de OPS. Es uno de los 21 jugadores que acumularon 7 temporadas o más con 100 anotadas y 100 empujadas.

En 2004 produjo una de las mejores potsmporadas de cualquier jugador en la historia. En 12 partidos, bateó para .435, con 8 jonrones, 14 remolcadas, 21 anotadas, seis bases robadas en 6 intentos y un promedio de slugging de 1.558. Bateó de jonrón en cinco partidos consecutivos.

Fue el referente de Puerto Rico en los primeros cuatro Clásicos Mundiales de Béisbol, y mi versión de la placa hubiese sido la primera con la mención a este evento de selecciones nacionales. En 28 partidos, bateó para .316, con línea ofensiva de .430 OBP/.484 SLG/.914 OPS, 3 jonrones, 17 anotadas y 14 remolcadas.

Todo esto nos lleva a adelantar mi versión de la placa:

Carlos Iván Beltrán Valdés:
Kansas City Royals: 1998-2004
Houston Astros: 2004, 2017
New York Mets: 2005-2011
San Francisco Giants: 2011
St. Louis Cardinals: 2012-2013
New York Yankees: 2014-2016
Texas Rangers: 2016

El clásico jugador de 5 herramientas que combinó todo en 20 años de carrera. Con 435 jonrones y 312 robos, fue el primer ambidextro en lograr un 300-300. Acumuló 1,582 anotadas y 1,587 remolcadas y su porcentaje de robos de 86% dio fe de su eficiencia en las bases. Su potente brazo y visión de juego lo convirtieron en un jardinero élite, con 143 asistencias y .986 de fildeo. Un gigante de playoffs: .307, 16 jonrones y 42 RBI en 65 partidos. Lideró a Puerto Rico en 4 WBC, bateando .316 con 10 extrabases y .914 de OPS.

Carlos Beltrán es un legítimo embajador del béisbol, cuyo currículum lo llevó al Salón de la Fama en la Clase de 2026.
Esta historia se publicó originalmente en 2017. Se edita para actualizar con su exaltación el domingo al Salón de la Fama del béisbol.

La primera vez que escuché el nombre de Carlos Beltrán –Carlos Iván Beltrán en aquel entonces– no fue en tan buenos términos.

Había llamado al colega periodista Erick Rodríguez para cuestionarle por qué no lo había descrito como jugador de primera ronda a pesar de que contaba con las herramientas para llegar. Quería explicar que se había lesionado semanas ante de ese sorteo de 1995 y quizás por eso sus acciones habían bajado.

«Este Beltrán puede ser complicado», algo así dijo mi compañero y amigo Rodríguez, quien año tras año, tenía información de primera mano sobre los principales jugadores que pronto llegarían a las Mayores.

Unas semanas más tarde, ese muchacho de 18 años, alto y delgado, sería seleccionado por los Kansas City Royals en la segunda ronda del sorteo. Como siempre, lo llevarían al periódico en el que laboraba y Rodríguez me asignaría la entrevista. El escucha Johnny Ramos nos citó para sábado a las 4:00 de la tarde y cuando llegué, unos minutos más tarde, estaba allí con el jugador que firmó en primera ronda y el que firmó en la segunda, Carlos Iván Beltrán.

Con la información que tenía de la llamada anterior, me preparé para encontrarme con un chico distante, tal vez arrogante, como algunos que llegaron a la redacción y jamás volví a ver. Mi plan era poner más atención en el joven de la primera ronda, pero redactar una nota combinada con ambos jugadores.

La conversación con Beltrán lo cambió todo.

El jardinero natural del Barrio Tierras Nuevas en Manatí, ya se comportaba como una superestrella. Hablaba de béisbol con el entusiasmo de un niño de 12, y hacía este cuento maravilloso de cómo pasó de campocorto a jardinero central en su penúltimo año de preparatoria. «Cuando me lancé de pecho a capturar una bola por primera vez, sabía que jamás volvería a jugar ‘siore'», dijo sonriente.

Habló de toda la gente que lo ayudó a llegar a ser seleccionado en la segunda ronda, contó del momento en que hizo una atrapada contra la verja «como la de Ken Griffey Jr. cuando se rompió la muñeca» y de todo lo que haría para llegar a las Grandes Ligas en menos de cinco años. Con seguridad, sin llegar a la arrogancia, decía que a pesar de no ser primera ronda se sentía como tal.

La charla con el jugador número 49 del sorteo de 1995 se extendió más allá de la entrevista, al punto de que olvidé al jugador de primera ronda, más callado y tímido.

El consenso ese día en la redacción fue contundente: Carlos Iván Beltrán ya hablaba y se comportaba como un superestrella. Faltaría ver si podía jugar como tal.

Eso lo confirmamos rápidamente, tan pronto comenzó el béisbol profesional de Puerto Rico. Con el uniforme de los Lobos de Arecibo, ganó el premio al Novato del Año, y cautivó más con su guante en el jardín central que con su bate, que no tardó mucho en salir. Allí, tuvo un gran maestro, Bernie Williams, con quien compartió en su primer año en la liga boricua.

En esos años de participación invernal, mostró ese potencial de poder y velocidad, buen brazo y buen guante. Lo hacía todo como decía el libro, pero en la novena entrada de una Final con los Vaqueros de Bayamón, se atrevió a hacer una atrapada de canasta, a-lo-Clemente, con el juego en la línea.

Hizo lo que prometió en aquella primera entrevista para llegar a las Mayores en menos de cinco años, y a finales de 1998, con 21 años, se bebía su primer café con los Reales.

Al año siguiente, me lo encontré a mediados de la temporada en Cooperstown, Nueva York. En el partido del Salón de la Fama, se enfrentaban Reales y Rangers de Texas. Casualmente, en el día antes del partido, George Brett, junto con Orlando Cepeda, Robin Yount y Nolan Ryan fueron exaltados al recinto de los inmortales más mítico del deporte.

En la conferencia de prensa posterior a la exaltación, George Brett le echó su bendición. Cuando le preguntaron quién sería el próximo ‘real’ en Cooperstown, mencionó sin vacilar al boricua que llevaba medio año y un poco más en las Mayores.

«Si se mantiene enfocado, y evita las lesiones, Carlos Beltrán puede ser el próximo Real aquí», dijo entonces Brett con un sorpresivo entusiasmo sobre el jardinero central novato de los Reales, cuyo promedio rondaba los .300 en aquel momento. «El chico lo tiene todo y además, me gusta la pasión que tiene por el juego. Tienen que verlo».

El joven de Tierras Nuevas disimuló su emoción al reaccionar a los comentarios de Brett, pero más tarde, lució nuevamente como el niño de 12 años cuando Brett casi arrastró a Cepeda para que conociera a su compatriota: «!Éste es el chico, Orlando!», decía Brett, quien superaba en emoción a Beltrán. «!Éste es el chico! Le gusta jugar al béisbol y cuando no juega, le gusta hablar de béisbol».

Trece años más tarde, y cerca de ocho después de que Beltrán dejara a los Reales, Brett no dejaba de hablar con entusiasmo. «La mejor parte es que sigue haciendo las cosas que separan a los superestrellas de los buenos jugadores», comentó Brett en un correo electrónico en 2012.

Desde distintas tribunas, disfruté de la evolución de Carlos Iván Beltrán. Del atlético jardinero central capaz de llegarle o atrapar batazos inalcanzables mientras hacía sus ajustes para convertirse en un buen jugador, al superestrella capaz de batear sobre 30 jonrones y robarse 40 bases, al jardinero derecho de brazo certero y bate poderoso. Del jugador destacado puramente por su habilidad al callado líder del camerino.

Tras 20 de carrera, le dijo adiós al béisbol con unos números reales: promedio de .279, .350 de embasamiento, .486 de slugging, 1,582 carreras anotadas y 1,587 empujadas, 435 jonrones y 312 bases robadas, 565 dobles y 78 triples, tres guantes de oro y dos bates de plata, WAR de 69.8 y promedio de .307 con 16 jonrones en series de postemporada.

Más allá de sus muchos logros y pocos fallos, se marchó como el gran embajador de este deporte. Así llegará a Cooperstown este domingo: con la misma pasión de aquel joven de 18 años que conocí en 1995, pero con la madurez del veterano, del ejecutivo y quien sabe si del futuro mánager.

Puerto Rico y América Latina están de fiesta: el templo de los inmortales ya tiene uno más de los nuestros.

KANSAS CITY — A George Brett no le tomó ni cinco segundos el pensarlo. Aparentemente, ni siquiera tomó en consideración ninguna de las estrellas que estuvieron con él en esos equipos de los Reales de Kansas City que llegaron a los playoffs en siete ocasiones de 1976 a 1985.

En cambio, en la conferencia de prensa posterior a su exaltación al Salón de la Fama en 1999, cuando le preguntaron quién sería el próximo miembro de los Reales en llegar a Cooperstown, de inmediato Brett mencionó a un joven de 22 años que apenas había jugado poco más de media temporada en las mayores.

«Si se mantiene enfocado, y evita las lesiones, Carlos Beltrán puede ser el próximo Real aquí», dijo entonces Brett con un sorpresivo entusiasmo sobre el jardinero central novato de los Reales, cuyo promedio rondaba los .300 en aquel momento. «El chico lo tiene todo y además, me gusta la pasión que tiene por el juego. Tienen que verlo».

Trece años después de aquellos comentarios de Brett y a ocho de su último juego en uniforme de Kansas City, el jardinero de 35 años sigue con esa pasión por el deporte y la está demostrando con un inicio de campaña digno de un candidato a Jugador Más Valioso con el uniforme de los Cardenales de San Luis. Hasta los partidos del fin de semana, lideraba la Liga Nacional en carreras remolcadas con 61 y estaba segundo detrás de Ryan Braun en cuadrangulares con 20. Tenía promedio de bateo de .310, porcentaje de embase de .396 y ‘slugging’ de .576.

A mediados de su 15ª temporada, Beltrán comienza a alcanzar números considerables que lo podrían encaminar a luchar un posible puesto en Cooperstown. Acaba de batear su hit 2,000 y hace unas semanas, se convirtió en el primer bateador ambidextro de la historia con 300 jonrones y 300 bases robadas. Ha acumulado 1,232 carreras anotadas y 1,207 impulsadas y su promedio de efectividad en robos de base (87.2) es el mejor de cualquier jugador con 300 o más robos en su carrera.

Esos números son comparables con peloteros que ya están en el Salón de la Fama como Andre Dawson y Dave Winfield cuando estaban en el mismo punto en sus respectivas carreras.

Y sigue — como dijo Brett — lográndolo todo, incluyendo su defensiva para convertirlo en un jugador completo, a pesar que pasó la mayor parte de su tiempo de juego en los últimos años en el jardín derecho, donde tiene menos terreno que cubrir, que en el central. En el 2011, fue segundo en asistencias (10) y en promedio de fideo (.996) entre los jardineros derechos en la Liga Nacional.

El pasado domingo, fue nombrado como abridor en uno de los jardines de la Liga Nacional para el Juego de Estrellas de la semana que viene, que se jugará donde todo comenzó para Beltrán: en Kansas City. Será su séptima aparición en un Juego de Estrellas

«Cuando Carlos está saludable, es uno de los jugadores más excitantes del béisbol», dijo el coach de tercera de los Cardenales, José Oquendo. «Lo está demostrando ahora más que nunca; cuando tiene salud, juega como un futuro miembro del Salón de la Fama».

«De seguro que él es uno de los mejores en este juego», dijo el manager de los Cardenales Mike Matheny, quien vio primero a Beltrán como novato cuando jugaba béisbol invernal en Puerto Rico. «Tengo mucho respeto por él, por su ética de trabajo, por el amor que siente por el juego y por lo gran compañero que es. Y además, tiene esos grandes números. ¿Qué más puedes decir?»

Pero a pesar de la predicción de Brett en 1999, ni de la opinión de Oquendo, Beltrán dice que nunca ha pensado en Cooperstown. Su mente está en volver a los playoffs, una meta que aprendió a apreciar cuando fue con los Astros de Houston a una memorable postemporada en 2004, en la que bateó .435 con ocho cuadrangulares y 14 carreras impulsadas en 12 partidos ante Atlanta y San Luis en los playoffs.

«Fue un gran elogio, sobre todo viniendo de George Brett, uno de los mejores del juego», agregó. «Fue algo que me motivó mucho a trabajar como jugador, pero son elogios que uno recibe, pero que uno no deja que se le suban a la cabeza. Ahora mismo, no pienso en eso; nunca lo he pensado. Sólo vivo el momento y trato de ayudar a mi equipo a volver a los playoffs. Si tengo la salud para jugar tres o cuatro años más, quién sabe».

Aprendiz y discípulo
Para Beltrán, Brett — quien sigue en la organización de los Reales como consejero — fue un aprendiz y un maestro. El joven jardinero central aprovechó la cercanía del miembro del Salón de la Fama para conocer el juego lo mejor posible.

«Estaba bien impresionado inicialmente con Carlos, el atleta», comentó Brett vía correo electrónico a ESPNdeportes la semana pasada. «Podía hacerlo todo: correr, tirar y batear. Pero estaba más impresionado con su ética de trabajo, para un hombre joven a su edad; siempre estaba haciendo preguntas, trabajando en las cosas pequeñas y en fundamentos, buscando convertirse en el jugador más consistente y completo… La mejor parte es que sigue haciendo las cosas que separan a las superestrellas de los buenos jugadores».

«Lo mejor es que ha continuado haciendo las cosas que hacen superestrellas a los buenos jugadores», agregó el legendario jugador, quien sigue en la organización de los Reales como asesor.

Todavía en la parte final de su carrera, Beltrán utiliza algunos conocimientos que aprendió con Brett durante su estadía en el uniforme azul y blanco de los Reales. El legendario antesalista que llegó a quejarse en sus últimos años de carrera que los peloteros ya no hablaban de béisbol, encontró en Beltrán alguien dispuesto a escucharle en todo momento.

«George siempre me dio buenos consejos», dijo Beltrán. «Él era muy accesible para ir a hacerle preguntas y fue muy amable conmigo. Hablábamos en la jaula de bateo, de «approach», de qué hacer en ciertas situaciones. Algunas uno las aplicaba de inmediato al juego de uno, otras no funcionaban de la manera en que uno piensa, aunque le funcionaban a él. Pero fue un gran proceso de aprendizaje que me benefició mucho… En las prácticas de bateo, él nunca nos decía que bateáramos buscando la cerca, pero en cambio nos decía que intentáramos batear la pelota duro todo el tiempo. Eso hacía sentido, porque cuando tratas de llevarla lejos, eso te crea tensión en las manos. Cuando solo tratas de conectarla duro, te concentras en mirarla, en conectarla con el bate».

Pero Brett no fue el único modelo que tuvo como jugador joven. En la liga invernal de Puerto Rico tenía de cerca a otro tutor.

«En este deporte, hay que ver lo qué hacen las superestrellas para buscar algo que puedas agregar a tu juego», dijo sobre Bernie Williams, su compañero con los Lobos de Arecibo. «Lo veía trabajar, cómo se preparaba, cómo corría las bases, como tomaba brincos en el outfield. No sólo era una estrella, sino que tuvo la nobleza de compartir sus conocimientos conmigo».

Johnny Ramos, el escucha que lo recomendó a la organización de los Reales, vio ese mismo entusiasmo de aprender que apreciaba Brett en el juvenil oriundo del sector Tierras Nuevas, de Manatí, en la zona norte de la Isla y que colinda con Vega Baja, Vega Alta y Dorado, de donde han salido Juan González, Iván Rodríguez, Yadier Molina, Bernie Williams y Edgar Martínez. Por eso no es difícil de entender que la vida de Beltrán cuando joven girara en torno al juego.

«Tenía 16 años cuando lo ví por primera vez y se movía muy bien en el jardín central», recordó Ramos. «Era un muchacho callado, pero uno se daba cuenta de que trabajaba duro por la forma en que jugaba. No era un super bateador, pero hacía contacto y nunca pensé que fuera un bateador de 30 jonrones. Así que de las cinco herramientas, tenía potencial en cuatro».

A juicio de Ramos, una lesión en el tendón de la corva durante unos entrenamientos con los Expos de Montreal, junto con un mal día en una práctica con los Medias Rojas en Boston lo dejó fuera de la primera ronda del sorteo de novatos de 1995. Los propios Reales utilizaron su turno en la primera ronda para firmar a Juan Lebrón, un jardinero de poder a quien comparaban con Juan González.

Beltrán perdió varios meses por la lesión y su experiencia en Boston tampoco le ayudó.

«Mucha gente no sabe esto, pero en Boston, el hotel donde estaban [Beltrán y Lebrón] sufrió un fuego y los tuvieron que sacar del lugar la noche antes. Se acostaron tardísimo y ambos lucieron muy mal», recordó Ramos.

Eso facilitó las cosas a Kansas City, quien atrapó a los dos mejores prospectos de Puerto Rico ese año: Lebrón en primera ronda y Beltrán en segunda. Art Stewart, el entonces director de escuchas de Kansas City y actual asesor senior del gerente general, sabía que habían salido ganando al escoger a Beltrán.

«Beltrán era un muchacho de primera ronda y lo demostró», recordó Stewart. «El error lo cometimos con Lebrón, pero en este negocio uno nunca sabe. Nos ayudó que se lesionara [Beltrán], porque pudimos escogerlo en la segunda ronda».

Lebrón nunca pasó del nivel Triple A en 12 temporadas en liga menor.

El poder del ambidextro
De acuerdo a Ramos, la quinta herramienta que le faltaba a Beltrán llegó cuando se convirtió en bateador ambidextro.

«Lo llegué a ver practicando a lo zurdo y lo hice saber en el informe [de escuchas]», dijo Ramos. «Pero de juvenil, nunca bateó a lo zurdo en un juego. En su segundo año en las menores, la organización decidió convertirlo en ambidextro y se dio cuenta de que añadía poder a lo zurdo. Fue un activo que lo ayudó a subir».

En Kansas City, Beltrán utilizó todas las herramientas para convertirse en uno de los jugadores más excitantes en las mayores. En cuatro de sus primeras seis temporadas completas con los Reales impulsó y anotó 100 carreras, bateó más de 20 jonrones y se robó más de 25 bases. Entre 1999 y 2004, llegó quieto en 189 de sus 212 intentos de robos de base, para un impresionante 89.1 por ciento. Al menos al principio, su defensiva era subestimada, aunque en Kansas City fue más que reconocida.

En la serie interligas en junio entre los Cardenales y los Reales en el Kauffman Stadium en este verano — la primera vez que Beltrán volvía como jugador a Kansas City desde que un cambio de mediados de temporada lo envió a Houston en 2004 — recibió una cálida bienvenida, tanto de la fanaticada de los Reales como de la gerencia. Antes de entrar al terreno, fue entrevistado por cerca de 20 reporteros de la ciudad. Y luego inició larga conversación con Stewart.

«He estado en este juego por 60 años y es uno de los mejores muchachos con los que he trabajado», comentó Stewart. «Es el tipo de chico que todo padre sueña. Trabajó durísimo para ser un gran pelotero y pulió sus herramientas para ser un jugador completo. Me siento orgulloso de haberlo seleccionado en el sorteo y de ser testigo de su carrera».

El final de un sueño
El sueño de ser un pelotero de un solo uniforme terminó para Beltrán en 2004, cuando los Reales lo cambiaron a los Astros en un triple cambio que además incluía a Oakland. Beltrán sabía que le esperaba el mismo destino que a otros jugadores de Kansas City como Johnny Damon en 2000 y Jermaine Dye en 2001, que los Reales cambiarían sus jugadores más mercadeables. Pero aún así, admite que fue duro quitarse el uniforme de los Reales.

«Cuando llegué aquí, uno piensa que nunca va a salir de aquí», comentó. «Lo ideal siempre es quedarse donde todo empezó. Pero luego uno va entendiendo que así es este gran negocio, aunque siempre es difícil entenderlo cuando te cambian. Viví grandes momentos en esta organización y todavía tengo grandes amigos aquí, con quienes todavía me comunico».

«No había vuelto desde el cambio», agregó, poco antes de conectar dos dobles en sus primeros dos turnos en su regreso a Kansas City, «y desde que venía en el autobús y vi las gradas, sentí mucha nostalgia. Regresar ha sido grandioso y venir para el Juego de Estrellas sería maravilloso, como el cierre de un ciclo. No importa lo que haga, mi temporada de novato y mi tiempo en Kansas City siempre va a tener un lugar en mi corazón».

En enero de 2005, firmó como agente libre un contrato de siete años y $119 millones con los Mets de Nueva York, con quienes volvió a la postemporada en 2006. En Nueva York, Beltrán se desarrolló como un bateador de poder, a la vez que finalmente llegaba su reconocimiento como jardinero defensivo con tres Guantes de Oro de forma corrida. Pero con los Mets, también aparecieron las lesiones de todo tipo, desde una fractura en la cara producto de un choque en los jardines con su compañero Mike Cameron en 2005 hasta los problemas en la rodilla que limitaron su participación a 81 partidos en 2009 y 64 en 2010.

«Nueva York era un mercado grande, muy grande», comentó. «Era un gran reto evitar las distracciones y jugar a la altura de las expectativas. Uno tiene que estar muy consciente no sólo de lo que haces en el terreno, sino también fuera».

La recuperación de una operación de rodilla fue lenta y obligó el cambio al jardín derecho que eventualmente revivió su carrera. En 2011, bateó para .300, 22 jonrones y 84 remolcadas con Nueva York y San Francisco.

«Esta temporada ya estaba saludable para el entrenamiento primaveral», dijo. «Mis rodillas están bien y eso me da más confianza. Pienso que esa ha sido la mayor diferencia».

La primera mitad de esta temporada con los Cardenales pudieran apuntar que la profecía de Brett todavía se puede cumplir. Pero insiste en que sus metas futuras están mucho más cercanas.

«Llegar a los playoffs, de eso es que se trata todo esto», comentó Beltrán. «Esa experiencia con Houston me ayudó a entender que llegar a los playoffs es lo verdaderamente importante. Los números individuales, los premios — eso es secundario, ya habrá tiempo para mirarlos».

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